
El avión había despegado y ella eligió un libro de antiguos poemas persas; el viaje sería largo y lo había preparado a conciencia. Algo tenía que cambiar – eso pensó – mientras que las luces de la ciudad se hacían cada vez más diminutas en la ventanilla. Siempre elegía los asientos de atrás que por alguna razón jamás gustan, así que el pasaje había preferido ocupar los asientos de delante en aquel vuelo a Dakar. Eso dejaba varias filas libres por delante, de modo que solicitó de la azafata colocarse en aquel extraño lugar de la última fila, muy cerca de la puerta de los lavabos y con todo el paisaje de la cabina por delante. Ahora se sentía más dueña de su tiempo, o eso le parecía a ella en aquel momento.
Murdok era un hombre apresurado, siempre consciente de que el tiempo era el único patrimonio disponible; las esperas de los aeropuertos se le hacían interminables y particularmente insoportables, de modo que intentaba aliviarlas con algún entretenimiento próximo, dibujaba bocetos en sus cuaderno de viaje o pensaba en el diseño de objetos fantásticos y extraños; depuradoras para aguas selváticas, pantalanes aerotransportados y cosas así. Curiosamente no era esa su profesión ni mucho menos; los azares de la vida le habían llevado primero a las clases y los estudios filosóficos, luego a la antropología y por fin a la realización de documentales sobre viajes. Era lector impenitente y hombre curioso, así que al llegar a las últimas filas del avión en donde solía situarse por motivos supersticiosos se fijó en el titulo del libro que estaba en manos de la dama del último asiento. Una reciente edición de poemas persas editada por un amigo suyo. Vio por un instante como la mujer lo miraba por encima del libro con cierta indiferencia y desvió la mirada hacia el asiento opuesto.
Le gustaba disponer de mucho espacio en el avión así que procuraba elegir vuelos nocturnos a horas intempestivas. Eran más baratos y el podía desplegar su parafernalia de cuadernos, lápices y libros; a veces se quedaba dormido incluso en los aviones, aunque siempre en los últimos asientos que no gustan a nadie salvo a tipos como él. Por eso se sorprendió de ver a aquella mujer enfrascada en la lectura de aquel libro. En realidad ya se había fijado en ella en la sala de espera; demasiado elegante para un vuelo nocturno – pensó – quizá una funcionaria internacional o alguien relacionado con los programas de ayuda. Iba vestida de negro con un chaquetón de viaje que dejaba ver una rebeca ribeteada en rojo a juego con un pantalón amplio. Zapatos negros también, italianos de hebilla y un pequeño collar de coral. El pelo recogido en una cola y unos pequeños pendientes. No la prestó demasiada atención y siguió con sus fantasmagorías; soñaba con patentar un día alguno de eso inventos y retirarse a descansar y a escribir a una isla que conocía en la remota costa de Africa del Sur. La azafata pasó con el carrito de la cena y Murdock pidió champagne. Por alguna oscura razón siempre pedía champagne cuando iba a Africa; también resulta posible que esa razón fuera la dificultad de encontrarlo fuera de aviones y aeropuertos pero Murdock nunca hablaba de esas cosas en público.
El hombre sugirió a la azafata de color en un perfecto francés que ofreciera champagne también a la dama de la fila opuesta: la azafata sonrió con picardía y se dirigió a la dama de negro mientras la servía:
Est-ce que Madame voudrá un petit verre de champagne offris pour ce monsieur d’ à coté?
La mujer levantó los ojos del libro y accedió con una sonrisa a la sugerencia de la azafata. Posteriormente y ya cuando se había alejado levantó el pequeño vaso de plástico y se dirigió a su vecino.
- Muchas gracias, es ud. muy amable. Adoro el champagne y cualquiera sabe cuando podré volver a tomarlo en Senegal.
Murdock se volvió hacia la dama y contestó.
- No suelo invitar a nadie cuando viajo, pero esa copa es un tributo a su buen gusto.
La mujer preguntó la razón de esa preferencia, extrañada, y Murdock repuso:
- Bien, es una larga historia. El libro que está usted leyendo ha sido traducido por un amigo mío y me ha sorprendido verlo en sus manos aquí en las últimas filas donde nadie se coloca. Yo lo hago por una antigua superstición; supongo que eso le hará gracia.
- A mi me gusta sentarme precisamente siempre que puedo en estas filas – dijo ella -, aunque no sea precisamente supersticiosa. Me resulta cómodo ver la cabina desde aquí y además suelen estar bastante vacías. Pero, dígame ¿Es usted aficionado a la literatura persa?
La mujer de negro asentía, asombrada de la coincidencia.
- ¡ ¡Que curioso! me encanta la poesía oriental. El prólogo dice que es probable que el manuscrito original persa lo escribió Shakîr Wa'el durante su visita a Granada en 1258 como criado de su tío que tenía cierta relación con España por conocer al místico Ibn al-Arabi en uno de sus viajes a Siria. Shakîr, aunque de origen semita, era alto, de piel muy blanca, rubio y de ojos azules, cosa que resultaba sorprendente.
Murdock, que miraba atentamente a la mujer, había leído el libro hacía algunos meses y dijo que en realidad esa poesía era absolutamente marginal y espontánea que curiosamente se anticipaba a la de los poetas nazaríes posteriores; cantaba a un amor secreto que nunca consiguió el poeta; al cabo de dos años él volvió hacia Persia para hacerse cargo de la herencia familiar y ahí desaparece su rastro. Es probable que el barco que lo llevaba de regreso fuera atacado por piratas o naufragara en la ruta mediterránea pues no figura en ningún documento literario posterior. Pero la incógnita de su enamorada se mantuvo. Quizá se trataba de un amor prohibido, una mujer que no era libre o del harén a la que tuvo que renunciar. Su nombre no se menciona quizá para no comprometerla, y la vio únicamente tres veces en su vida. Murdock solicitó el libro a la dama. Su mano rozó un instante la de ella.
- Mire como habla:
La soledad
es oír como se apagan las estrellas
sobre el firmamento en desorden de tu pelo.
Y la tristeza
un ventarrón vacío
que al amanecer se vuelve caricia.
El manuscrito se quedó en Granada – prosiguió Murdock -, quizá en manos de alguna esclava al servicio del harén. No se sabe si algún día ella lo llegó a leer, pero los poemas fueron conocidos y copiados y esa circunstancia permitió que aparecieran durante la invasión napoleónica. Un oficial francés, de buen olfato literario, se llevó el libro el pergamino flexible de estilo árabe y ya en París, hizo traducirlo al francés y se sorprendió por la belleza del resultado. Orgulloso de su hallazgo, estampó su nombre y apellidos al final: "Lieutenant Maximilian de
- ¿Le importa que pida a la azafata más champagne?
2 comentarios:
Tolo lo que escribes me cautiva...
¿Continuara?...
Tú también...
Observo que en esta ocasión mi querido Luc has cambiado el objetivo de este blog... de la horterada supina, has pasado a la exquisitez más sensorial... así eres tú... impredecible...
Te adoro...
Espero que continue...sería una pena desperdiciar ese champagne...
¿O no?
bsssssssssssssssssssss
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